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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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20 de enero de 2017




Hambre de verde, cólico de gris





Fotografía y Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

11 de enero de 2017

Fotos 2016



Con este mosaico de mis fotos con más likes recibidos durante el 2016, os emplazo a que visitéis mi Instagram, ya sabéis, mi nick es: manuela_ferca
Allí os espero.




Fotos de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

7 de enero de 2017

Una juguetería de fábula


Aquella tienda había anunciado la llegada de nuevos juguetes  y allí estábamos decenas de niños agolpados delante de las repisas. 
¡Los encontré!  —grité cuando vi a los soldaditos de plomo, pero su precio era alto y yo no tenía dinero suficiente. De repente se cayó la estantería que los contenía armando un ruido espantoso y  todos salimos corriendo asustados.

Ya en la calle  escuché que me siseaban, lo hacían desde mi bolsillo, metí la mano y saqué un soldadito que me miraba y me decía: “yo te he encontrado a ti”.










Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.



5 de enero de 2017

3 de enero de 2017

Cuentos Navideños. La niña de las trenzas de oro

Érase una vez una niña  con unas trenzas tan  largas como el invierno y tan rubias como el mismo sol.
Vivía muy feliz con sus padres en una casa donde todo era alegría y dicha, hasta que  un día  la madre le dijo: “Vas a tener un hermanito, tendrás que quererlo y cuidarlo” A partir de ese momento todo fue distinto.
Desde el mismo día en que nació el hermano la niña  tuvo que compartir de su padre los abrazos que le daba y el cuento que le leía frente a la chimenea. Cuando por las noches la madre le daba un beso ya no solo era para ella, ya todo tenía que compartirlo y le sabía a poco, los celos no le dejaban descansar así que por despecho  le hacía al hermano todas las trastadas posibles: le escondía los juguetes, cuando rompía algo decía que había sido él y las burlas que le dedicaba  eran constantes.

Como todos los años llegó la Navidad.  El padre había talado el árbol más alto que había encontrado en el bosque y lo había traído  a casa. 
Era un árbol bellísimo y acababan de vestirlo de Navidad.  En  las bolas se reflejaban todos los colores de la habitación, amarillos, rojos, verdes,  unos collares de perlas sorteaban  entre las ramas y coronando el árbol una estrella brillante que parecía dominar todo el salón.

Una noche que estaban todos juntos la niña miraba al  hermano cómo se reía jugando con un caballito de cartón. La madre se levantó y cogiendo al hermano en brazos dijo: “Mientras tu padre va a cortar leña yo voy a la cocina, os prepararé un vaso de leche para que os vayáis a dormir”. Cuando la niña se quedó sola en el salón, cogió el caballito del hermano y empezó a estrujarlo con todas sus fuerzas, quería hacerlo trizas, le rompió las orejas, las patas y tirando al suelo lo que quedaba de él lo pisoteó. De repente se vio iluminada por una luz que provenía de la estrella que coronaba el árbol. La niña se asustó. La luz cogió forma de una bella dama

—Ummm…. Soy la luz de la Navidad.  Te estoy observando y veo que a pesar de tener una cara dulce y tener  unas hermosas trenzas, eres cruel con tu hermano.
—Aquí no me quiere nadie —dijo la niña

Y señalando con su mano a la niña la dama  dijo:

—Te convertirás en lo que has destruido.

Hubo un destello y la niña sintió algo raro, reflejándose en una de las bolas del árbol descubrió que se había convertido en un caballito, como el que había roto, eso sí, un caballito con trenzas de oro.

Entre sorprendida y asustada salió galopando de la casa.

Y deambuló por aquí y por allá  durante horas, pasando por prados,  ríos, montes…y así llegó la noche. No se había atrevido  a  parar en ningún lugar y sus patas ya se resentían. Se agazapó entre las hojas de un arbusto hasta que amaneció.   Sentía el estómago vacío, necesitaba comer algo.

—“Ehhhh allí hay unos campos”  —y la niña galopó  hacia ellos. Estaba comiendo las hojas de una lechuga cuando salió un hombre con una escoba. “Fuera de mis campos, no te comerás mi cosecha”  Y nuestro caballito de trenzas de oro salió corriendo sin rumbo cierto.

Pasaron horas, estaba cansada y desorientada. “Descansaré un ratito” y reposó en un jardín al lado de una valla  pero unos niños empezaron a subírsele al lomo “Vamos caballito, danos un paseo” y dando saltos para deshacerse de los niños de nuevo tuvo que salir corriendo, fue perseguida un buen trecho por esos niños que le jaleaban y gritaban.  

Estaba muy abatida, llevaba 3 días pasando frío y hambre y no sabía a dónde ir, había comido a penas unas hojas de lechuga y alguna hierba áspera como el mismo esparto.

Andando por un camino reconoció  el árbol donde un día su padre le construyó un columpio  “Ohh he estado dando vueltas todo el tiempo”. De lejos se veía el humo que salía por   la chimenea de su casa.  Se dirigió hacia allí, atravesó el  jardín y se asomó por la ventana.

Sus padres y su hermano estaban junto al árbol. No había villancicos.  Las luces del árbol estaban apagadas. Su madre lloraba y  su padre con cara de abatimiento miraba a  su hermano que hacía pucheritos. Era evidente que  la tristeza reinaba en esa casa.
De un impulso la niña golpeó el cristal de la ventana y la madre al verla dio un salto.

Rápidamente acudieron a la puerta a abrazar a la hija que había vuelto. Su hermano como era muy pequeñito gateaba por llegar a la niña y ella que le vio se agachó y lo cogió en brazos.

—Hija, creímos que te habías ido para siempre.

Un destello hizo que fuera  rápidamente hacia una bola del árbol para que le sirviera de espejo, esta vez veía su carita aterciopelada con sus grandes trenzas doradas.

—No papá, os quiero mucho a los tres y deseo estar siempre con vosotros.

Desde la estrella que coronaba el árbol surgió una luz que esta vez  envolvió a la familia para  nunca jamás dejar de brillar.








Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.



2 de enero de 2017

30 de diciembre de 2016

Organigrama de las campanadas

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Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.



28 de diciembre de 2016

Cuentos Navideños. La niña de los harapos

Érase una vez un padre y una hija que vivían en una casa muy humilde.  La madre murió al nacer la niña.
La niña salía todos los días a recoger ropa vieja y harapos,  tejidos que el padre  teñía y con ellos  hacía botas en su pequeño taller. Pero aún así, a penas tenían dinero para comer.

Iba la pequeña con su encargo diario cuando le llamó  una mujer. “Ven” le dijo. La voz de esa mujer era dulce como la miel.

   —Tengo frío, los trapos que llevas me ayudarían a pasar la noche.
   —Pero mi padre los necesita para hacer botas.
   — ¿Vas a dejar que me hiele esta noche?

La niña bajó los ojos y muy apenada por esa mujer le dio los trapos que había recogido durante  la mañana.
A la vuelta a su casa el padre le preguntó cómo es que no había traído ninguno.

   —Se me cayeron al río y la corriente se los llevó.

A la mañana siguiente la niña volvió a salir como de costumbre y en el camino le salió al paso la misma  mujer. Le llamó desde lejos. Ella se acercó, su olor era fresco como el rocío.  

   — ¿Tienes algo para comer?
La niña enseñándole los bolsillos  le dijo que no.
   —Tengo hambre, no he comido en mucho tiempo —insisitió la mujer
   —Pero yo no tengo nada
  —Los harapos que llevas me ayudarían, yo podría venderlos y así comprarme  un bollo de pan. 

La niña muy afligida no dudó en darle los trapos.

De nuevo su padre con mirada firme le preguntó a la llegada a su casa

   — ¿Qué ha pasado que hoy no traes harapos?
   —Hoy no había papá, alguien se me ha adelantado y los ha recogido todos

Y así hasta siete días.

El padre extrañado, puesto que la niña jamás le había mentido, decidió seguir a su hija y así saber qué era lo que estaba ocurriendo.

A la mañana siguiente la niña le dio dos besos y se fue a la calle, dos minutos después, con mucha cautela para no ser descubierto, el padre salió tras ella.

Todo iba bien, su hija iba recogiendo las ropas usadas  que le dejaban en muchas puertas y los trapos que le guardaban en muchas tiendas,  pero en un cruce observó que una mujer cubierta por una capa llamaba a la niña. Rápidamente se dirigió él.

   — ¿Quién es usted que a mi hija llama?

La mujer que entre sombras escondía sus rasgos fue levantando la cabeza hasta mirarle a los ojos. “¿Tu?” —dijo el padre. 

   —Si, he vuelto para saber si habías educado bien a nuestra hija. Me llena de paz saber que es bondadosa  y desinteresada. Id a casa y mirad en el fondo del ropero, encontraréis un lugar oculto donde  guardé unas joyas que tenía de mi familia.

Y así hicieron padre e hija fueron a la casa y en el fondo del ropero encontraron un escondrijo donde  hallaron  ricas joyas de oro y diamantes.

A partir de ese día no volvieron a pasar penalidades, el padre pudo ampliar su taller de botas y la niña ya nunca más tuvo que recoger harapos.

La puerta de su casa siempre estuvo  abierta con un letrero que decía: “Si tenéis hambre, pasad sin llamar”.






Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.






26 de diciembre de 2016

24 de diciembre de 2016

Cuentos Navideños. La medalla de oro

Ese día era noche buena y su padre no estaría, ella misma acababa de descubrirle frío como la nieve tendido en el sofá. 

Mientras venían a llevarse el cuerpo la niña lloraba desconsolada. De buenas recordó algo. Rápidamente se dirigió a su dormitorio a buscar en la mesilla. Una medalla brillaba en el fondo, se la había dado su padre hacía ya tiempo, le había dicho que jamás se apartara de ella porque siempre le ayudaría, pero ella se había limitado a guardarla sin hacer aprecio.

— ¡Tú me ayudarías pues devuélveme a mi padre! —Increpó la niña.

Esperó unos segundos y como nada ocurría se dirigió a la terraza. Sujetándose a la barandilla con una mano con la otra fue a tirar la medalla al aire con la mala fortuna que la barandilla cedió. Con la medalla en la mano fue cayendo al vacío. 

Inesperadamente despertó en su cama. Asombrada dio un salto y fue al salón. Su padre recostaba sobre el sofá. 

— ¡Padre! —gritó la niña.  
—Me he quedado dormido, ¿es ya navidad? 

La hija le dio un abrazo tan fuerte que no advirtió el frío de la medalla entre sus dedos. 






Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.