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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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13 de abril de 2017

5 de abril de 2017

Puntos y comas

¿Dónde se habían metido mis “puntos y comas”?

Había olvidado completamente  su existencia, sin embargo, sin saberlo les echaba de menos, como se echa en falta un hijo que no se tiene.

Se me olvidaron como se olvida al amigo que un día te hace compañía para ir a ver una película japonesa; como olvidé aquel número de teléfono que anoté en la palma de mi mano.

¿Dónde están aquellos “puntos y comas” que no escribí?  Deben de encontrarse donde los abrazos que no llegué a dar; donde los viajes que no hice; donde los libros que no leí; donde esos peldaños que nunca subí.

Y pongo aquí, en este texto, tantos “puntos y comas” para compensar los que en algún momento no puse; como aquellos besos que no llegué a dar después de que me acercaran la cara; como aquellas fiestas en las que no estuve y fui invitada; como las horas que dormí y no viví.

Valga este cólico de “puntos y comas” para recordar mis idas con punto final, y también aquellas otras idas y vueltas con comas.

Pero todos somos alumnos de  lenguage, de la vida y tan inquietante es buscar lo nuevo; como lo perdido; como lo olvidado; como lo dejado atrás,
Mis “puntos y comas”.




Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.


1 de abril de 2017

Una estrella



Una ausencia es una estrella fugaz,
la estela es su recuerdo.




Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados

24 de marzo de 2017

De golosinas

Mi mundo es de chicle,  se estira y se empequeñece.
Es goma de mascar a la que le doy vueltas y más vueltas.
A veces hago un globo y alcanzo con él la luna, luego explota, de grande, y se desgarra y se desperdiga en mi propia cara, pero no se parte.
Otras  sólo es aire.
Es un chicle atípico porque a pesar de ser de color rosa sabe a menta.


Mi vida es un bazoca.




Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

21 de marzo de 2017

El mundo de color rosa



Cuando nos pintan el mundo de ahí fuera  de color rosa.



Fotografía y Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.


16 de marzo de 2017

En búsqueda del paraíso

Estaba harto de la  vida que llevaba,  25 años trabajando en una empresa de autobuses. Si, había alcanzado el puesto de director general, tenía un buen sueldo y   pasaba las horas  dentro de un despacho sin hacer nada pero detestaba cumplir un horario,de modo que cuando heredé la fortuna de mi pariente lejano tuve claro que quería abandonarlo todo y vivir  de anacoreta  en una isla desierta.
Y así hice, me compré una isla en el lugar más recóndito del océano Pacífico, una isla que no aparecía en los mapas.  Allí estaría yo solo disfrutando de la naturaleza y hablando conmigo mismo el resto de mis días.

Me trasladé allí

Todo era maravilloso, eso sí,  a la semana de vivir en la isla me di cuenta que  había  un pequeño detalle que  no había contado con él y es que echaba de menos mi cuarto de baño, eso de estar todo el día con el agua salada en el cuerpo me hacía mal a la piel y no digamos de las incomodidades para realizar las funciones  biológicas, así que   mandé construir una casa. La obra duraría 6 meses porque el traslado de los trabajadores diariamente a mi isla ralentizaba mucho su ejecución, recordemos que no había comunicación alguna establecida, así que tomé una buena decisión y fue  que construyeran también unos bungalows para ellos y por supuesto para sus familias (por aquello de la reconciliación familiar, no quería  tener problemas con los sindicatos).

Entre tanto  y sin perder de vista mi  objetivo de aislamiento quise tener un detalle, nada, sin importancia, y pedí que en la casa me pusieran wifi  para ver películas, estaba ya  un poco aburrido de tantos atardeceres, eran todos iguales.
A todo esto, para evitar que  los hijos de esos trabajadores estuvieran correteando por toda la isla y con ello interrumpieran  mi meditación, bueno, la verdad es que nunca tuve paciencia para los niños, el caso es que  era imprescindible que fuesen a un colegio y estuvieran allí “recogidos”, en consecuencia determiné  construir escuelas de primer grado y superior y por supuesto una universidad, para que no molestaran hasta ya bien mayorcitos.

Otro asunto fue mi cintura, si,   al pasar los días me fijé que mi cintura estaba dando de sí, estaba engordando,  y es que digan lo que digan, los cocos engordan. Si mi intención era seguir siendo un  anacoreta sano, y mi intención era esa,  necesitaba hacer algo de deporte, así que contraté un equipo de fútbol para que viniera dos días a la semana a mi isla, si, claro, no iba yo a jugar al fútbol  solo. El problema es que los jugadores  llegaban cansados después de hacer tantos kilómetros desde el continente asi que construí un aeropuerto para agilizar el viaje, es más, construí un hotel para que estuviesen más a gusto hospedados y así en lugar de dos días a la semana entrenásemos tres, con esto también conseguí que  no me diesen tantas patadas en las espinillas  durante el entrenamiento.

Y como ya era de prever, surgió mi aprensividad, esto va conmigo desde pequeño, pensé que lo prudente era construir un hospital por lo que pudiera pasar, había mucho cocodrilo suelto. También llamé al Vaticano para que  mandaran un cura, aquí las enfermedades son muy extrañas y no quería  yo en un momento dado morirme sin que me suministraran los últimos sacramentos.
Para que todo fluyera en el menor tiempo posible hice construir un metro suburbano y así impedía el absentismo laboral, es que los trabajadores son como son y  una y otra vez ponían el pretexto de que los tifones les impedía ir a trabajar, es más, para apresurar las tareas  me acordé de que los trabajadores tienen que estar contentos para que rindan mas de modo que para que no tuvieran el menor atisbo de preocupación   cedí parte de mi isla al Corte Ingles para que se instalara y así no les faltase ningún articulo de primera necesidad incluso yo creo que ni de segunda.

Después de tanto gasto tuve que buscarme un trabajo para vivir. Me hice peón de albañilería,  no tuve la precaución de  construir una red de autobuses.





 Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

15 de febrero de 2017

8 de febrero de 2017

Incertidumbre

Dos libros y no sabía si comprar uno, los dos o ninguno. Demasiadas opciones para él. Resolvió comprando toda la tienda. 
En su casa comprendió que había cometido una torpeza: se había convertido en propietario de 5.000 libros y ahora no sabía cuál leer primero, cuál segundo, cuál tercero, cuál cuarto…




Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados

25 de enero de 2017

El último estado


Un paso más y para él la nada sería su destino.

Junto a aquel precipicio su vida se había detenido, sabía que cualquier movimiento sería el definitivo.  
Ignoraba cómo había llegado hasta allí y el tiempo que  llevaba, únicamente era consciente de que su existencia se había convertido en un agujero negro.

Con los ojos cerrados y temblando como un perro en medio de una tormenta le resultaba  difícil mantener el equilibrio. 
Tal vez si pudiera gritar pero estaba seguro que nadie le escucharía.  .

Dicen que el miedo es el último estado del hombre y es cierto, después del miedo no hay nada. El miedo  bloquea, impide razonar y por lo tanto dejas de ser persona, es entonces cuando el impulso se adueña de ti.


Nuestro hombre ya no sentía fuerzas  que le flaquearan, ni sentía que tuviese nada que perder ni nada que ganar. El  riesgo dejó de  existir para él y dio un paso al frente, al vacío. Se dejó caer, sin abrir los ojos, en silencio.

Calló de pié, había dejado el borde de  la acera y ahora estaba  a un lado de la carretera. A su espalda  los castaños de indias   daban sombra en un verde parque donde los niños jugaban a correr y los mayores jugaban a la petanca. “Buenos días” le decían aquellos que cruzaban con él el semáforo en verde para los peatones, algunos con el periódico bajo el brazo y las señoras tirando del carrito de la compra, “buenos días” empezó a responder él.

Bajo un cielo limpio de nubes, nuestro amigo,  con su mejor sonrisa y habiendo cruzado  de acera siguió su camino.






Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.