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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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18 de mayo de 2016

Jesús de Oklahoma

Desde que me licencié en periodismo soñaba con obtener el premio Pulitzer. Para conseguirlo decidí escribir un reportaje sobre  liderazgos y qué mejor que ponerme en la piel de Jesús de Nazaret.

Fui al Misisipi y un pescador me echó agua por la cabeza, fue mi bautizo. Prediqué por todo el Estado. Me hice famoso, los niños me seguían y los padres me escuchaban. Lo de los milagros me resultaba más difícil pero al final conseguía engañarles, era gente humilde. Me colé en las bodas llevando escondidos litros de vino, saqué la cara por los débiles, por las prostitutas.
Un día todos  parecieron volverse locos me redujeron y me llevaron ante el gobernador. Yo, que me las veía venir,  gritaba: «Dejadme, todo es una farsa». El gobernador se lavó las manos y yo fui despojado de mis ropas y coronado de espinas.

Ahora, desde este madero, sólo espero que entre tanto gentío haya un reportero para, al menos, salir en las noticias de las 10.





 Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Reservados todos los Derechos.

1 de mayo de 2016

Primer domingo de Mayo


… en plena noche de amor


Al fin lloré tras ser golpeada repetidamente. No quería respirar. Me había sentido  protegida en el vientre de mi madre desde el mismo momento en que me adherí a su cuerpo,  cinco días después de haber sido concebida…





Texto y fotografía ©Manuela Fernández Cacao. Reservado todos los Derechos.


22 de abril de 2016

Aldonza Lorenzo

Desde que murió Alonso Quijano, Dulcinea vaga en busca de su Quijote. No lleva escudero pero sí armadura: el cuerpo de una burda mujer.




Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

19 de abril de 2016

6 de abril de 2016

Una juguetería de fábula

Aquella tienda había anunciado la llegada de nuevos juguetes  y allí estábamos decenas de niños agolpados delante de las repisas. -¡Los encontré!- grité cuando vi a los soldaditos de plomo, pero su precio era alto y yo no tenía dinero suficiente. De repente se cayó la estantería que los contenía armando un ruido espantoso y  todos salimos corriendo asustados.
Ya en la calle  escuché que me siseaban, lo hacían desde mi bolsillo, metí la mano y saqué un saldadito que me miraba y me decía: “yo te he encontrado a ti”.





Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

21 de marzo de 2016

11 de marzo de 2016

23

Esperaba en la parada  del 42 cuando apareció otro autobús con el número que más se ha repetido en mi vida: el 23. Un impulso hizo que me subiera a él, tomé asiento y arrancó.

De inmediato advertí que su recorrido pasaba por el barrio en el que me crié.
A  través de la ventana pude ver el colegio al que iba de pequeña, una mujer que se parecía a mi madre llevaba a una  niña de la mano, sentí mucha añoranza, siempre quise mucho a mi madre. También pasé por delante de donde, ya adolescente, compré mi primer cigarrillo, en aquél momento fue toda una aventura.
Entonces advertí que un hombre sentado  a mi lado me miraba y sonreía, yo me asusté y me cambié de asiento como de un respingo,  era idéntico a mi primer novio, murió cuando ya teníamos fecha  para casarnos, nunca he podido olvidarlo.

La siguiente parada   fue a tres metros del  portal donde años más tarde de aquella tragedia conviví con Antonio, el padre de mi único hijo. El autobús paró en el momento en que una pareja salía  del portal cogidos de la mano. El vestido de ella era idéntico a uno que yo me compré por aquella época, lo recuerdo porque me resultó carísimo. Caminaban con dirección hacia donde yo les miraba. El pelo de él era largo como lo lucía Antonio cuando le conocí. Según fueron acercándose los rostros se hacían más nítidos,  las gafas de él, los pendientes de la chica……no era posible, esa pareja éramos nosotros,  pero  no podía ser,  yo no daba crédito, ¿qué estaba ocurriendo? Me dio por golpear el cristal por si  Antonio me veía, pero… él, yo,  con 20 años menos. Qué tontería.

Aún permanecía absorta, incrédula de vivir todo esto  cuando delante de mis ojos pude ver   cómo en un paso de cebra atropellaban a mi hijo, yo lo llevaba de mi mano se  soltó y ese coche no paró. “Pero esto yo ya lo he vivido” pensaba. Esto es una locura, había perdido la cabeza, por esa ventana podía ver toda  mi vida, el sanatorio donde estuve tanto tiempo interna, el banco donde sentados le dije adiós para siempre a Antonio…
De repente creí entenderlo,  cuando uno muere dicen que  la vida pasa delante de uno mismo  como si de una película se tratara. Eso debía de ser: ¡yo estaba muerta!

Me puse histérica: “¡Socorro, paren este autobús, déjenme bajar!” Un zarandeo  me devolvió a la realidad, me había quedado dormida y aún estaba en la parada esperando al 42. Suspiré aliviada, creo que se me saltaron dos lágrimas pero terminé por sonreír y suspiré tranquila.  “Ya llegó su autobús” me dijo el hombre que me había despertado y subí  relajadamente incluso contenta.

Me senté en el único asiento que quedaba libre.
Ä través de las ventanas se podía ver cómo el día  comenzaba a nublarse, densamente, muy densamente. La calle dejó de verse..
En la parte frontal del autobús había un indicador de ruta, en él se podía leer: “Próxima parada: La Eternidad”.



Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.



3 de marzo de 2016

23 de febrero de 2016

El color de la ausencia

Caperucita jamás volvió a vestirse de rojo. Desde aquel día en que un cazador le arrebató a su lobo, sus vestidos negros destellan en la espesura del bosque.






Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

10 de febrero de 2016