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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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1 de mayo de 2016

Primer domingo de Mayo


… en plena noche de amor


Al fin lloré tras ser golpeada repetidamente. No quería respirar. Me había sentido  protegida en el vientre de mi madre desde el mismo momento en que me adherí a su cuerpo,  cinco días después de haber sido concebida…





Texto y fotografía ©Manuela Fernández Cacao. Reservado todos los Derechos.


22 de abril de 2016

Aldonza Lorenzo

Desde que murió Alonso Quijano, Dulcinea vaga en busca de su Quijote. No lleva escudero pero sí armadura: el cuerpo de una burda mujer.




Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

19 de abril de 2016

6 de abril de 2016

Una juguetería de fábula

Aquella tienda había anunciado la llegada de nuevos juguetes  y allí estábamos decenas de niños agolpados delante de las repisas. -¡Los encontré!- grité cuando vi a los soldaditos de plomo, pero su precio era alto y yo no tenía dinero suficiente. De repente se cayó la estantería que los contenía armando un ruido espantoso y  todos salimos corriendo asustados.
Ya en la calle  escuché que me siseaban, lo hacían desde mi bolsillo, metí la mano y saqué un saldadito que me miraba y me decía: “yo te he encontrado a ti”.





Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

21 de marzo de 2016

11 de marzo de 2016

23

Esperaba en la parada  del 42 cuando apareció otro autobús con el número que más se ha repetido en mi vida: el 23. Un impulso hizo que me subiera a él, tomé asiento y arrancó.

De inmediato advertí que su recorrido pasaba por el barrio en el que me crié.
A  través de la ventana pude ver el colegio al que iba de pequeña, una mujer que se parecía a mi madre llevaba a una  niña de la mano, sentí mucha añoranza, siempre quise mucho a mi madre. También pasé por delante de donde, ya adolescente, compré mi primer cigarrillo, en aquél momento fue toda una aventura.
Entonces advertí que un hombre sentado  a mi lado me miraba y sonreía, yo me asusté y me cambié de asiento como de un respingo,  era idéntico a mi primer novio, murió cuando ya teníamos fecha  para casarnos, nunca he podido olvidarlo.

La siguiente parada   fue a tres metros del  portal donde años más tarde de aquella tragedia conviví con Antonio, el padre de mi único hijo. El autobús paró en el momento en que una pareja salía  del portal cogidos de la mano. El vestido de ella era idéntico a uno que yo me compré por aquella época, lo recuerdo porque me resultó carísimo. Caminaban con dirección hacia donde yo les miraba. El pelo de él era largo como lo lucía Antonio cuando le conocí. Según fueron acercándose los rostros se hacían más nítidos,  las gafas de él, los pendientes de la chica……no era posible, esa pareja éramos nosotros,  pero  no podía ser,  yo no daba crédito, ¿qué estaba ocurriendo? Me dio por golpear el cristal por si  Antonio me veía, pero… él, yo,  con 20 años menos. Qué tontería.

Aún permanecía absorta, incrédula de vivir todo esto  cuando delante de mis ojos pude ver   cómo en un paso de cebra atropellaban a mi hijo, yo lo llevaba de mi mano se  soltó y ese coche no paró. “Pero esto yo ya lo he vivido” pensaba. Esto es una locura, había perdido la cabeza, por esa ventana podía ver toda  mi vida, el sanatorio donde estuve tanto tiempo interna, el banco donde sentados le dije adiós para siempre a Antonio…
De repente creí entenderlo,  cuando uno muere dicen que  la vida pasa delante de uno mismo  como si de una película se tratara. Eso debía de ser: ¡yo estaba muerta!

Me puse histérica: “¡Socorro, paren este autobús, déjenme bajar!” Un zarandeo  me devolvió a la realidad, me había quedado dormida y aún estaba en la parada esperando al 42. Suspiré aliviada, creo que se me saltaron dos lágrimas pero terminé por sonreír y suspiré tranquila.  “Ya llegó su autobús” me dijo el hombre que me había despertado y subí  relajadamente incluso contenta.

Me senté en el único asiento que quedaba libre.
Ä través de las ventanas se podía ver cómo el día  comenzaba a nublarse, densamente, muy densamente. La calle dejó de verse..
En la parte frontal del autobús había un indicador de ruta, en él se podía leer: “Próxima parada: La Eternidad”.



Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.



3 de marzo de 2016

23 de febrero de 2016

El color de la ausencia

Caperucita jamás volvió a vestirse de rojo. Desde aquel día en que un cazador le arrebató a su lobo, sus vestidos negros destellan en la espesura del bosque.






Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

10 de febrero de 2016

17 de enero de 2016

Avatares eventuales

A continuación  otro relato cuya técnica ya vimos en este blog hace unas entradas. La cuestión es escribirlo entre dos personas. El principio lo escribe un autor, en este caso Sergio Gaut Vel Hartman  y el desenlace otro, en este caso yo. 

El fragmento de Sergio Gaut Vel Hartman está en letra cursiva y el mío en negrita (no por más importante,es evidente, sólo porque lo distingáis)

Encontrareis más relatos escritos a cuatro manos en "Bificciones"




Avatares eventuales


Etelvina Luzuriaga Menezes, ochenta años, viuda y virgen, conoció a Jürgen Kruchuzov en uno de esos lugares de Internet para solas y solos. Por cierto la anciana que se presentó como Vanesa Del Río, de diecinueve años, y puso la foto de una modelo sueca que encontró en un sitio de rubias espectaculares. Y también hay que resaltar que Jürgen no era el verdadero nombre del estibador correntino Indalecio Soto, depredador serial de damiselas un poco perturbadas. No obstante, merece destacarse que dos falsedades pueden hacer una verdad. Vanesa y Jürgen se enamoraron perdidamente, dejando a Etelvina e Indalecio relegados a un segundo plano, dotándolos de una suerte de inexistencia.
Pero el amor siempre pide más y el ciberespacio ya no les era suficiente. Ciegos por el deseo decidieron quedar una noche.
La cita sería en un hotel, ella aguardaría en la habitación dejando entornada la  puerta, él entraría en silencio y  entre sábanas fundirían su amor.
Esa noche llegó y en la penumbra, con la complicidad de las sombras, Indalecio  se dirigió al lecho donde entre cojines y dosel intuía reposaba su amada. Sus pasos  retumbaban en los oídos de Etelvina que sin verle iba notando su presencia cada vez más cerca. Cuando llegó  junto a ella, muy suavemente, se inclinó hasta apenas rozar sus labios,   después unieron sus manos,  y sus caderas más tarde, y comenzaron a tocarse y a besarse desenfrenadamente y  sus latidos se hicieron uno, sin hablar,  en la connivencia de la noche. Sus cuerpos sudaban y respiraban a un ritmo como jamás antes. Se sentían etéreos, espíritus sin cuerpo. Se oyó: “Jürgen, he esperado toda mi vida a alguien como tú,  vayámonos lejos”. Y tomados de la mano, desnudos,  irguieron sus cuerpos y muy pausadamente fueron desapareciendo  en la bruma  que entraba por la ventana, hasta sólo verse  por ultimo el destello de una melena larga y rubia.

A la mañana siguiente el forense certificó la muerte por parada cardiaca de dos ancianos en la habitación del hotel.




©Sergio Gaut Vel Hartman y Manuela Fernández Cacao