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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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El poder de lo imprevisible






Cara, me daba la victoria y con ella permanecía con vida; cruz, él conservaba la suya. Estaba segura que la suerte me iba a sonreír; él estaba convencido que el azar iba a estar de su parte. Alguien lanzó la moneda al aire que girando ganaba cada vez más altura. Jamás volvió a verla nadie.






Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

De golosina






Mi mundo es de chicle,  se expande y se encoge.

Es goma de mascar a la que le doy vueltas y más vueltas.

A veces hago un globo y alcanzo con él la luna; luego explota, de grande, y se desgarra y se dispersa en mi propia cara, pero no se parte.

Otras  sólo es aire.

Es un chicle atípico porque a pesar de ser de color rosa, sabe a menta.

Mi vida es un bazoca




Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.



"En memoria de los mayores olvidados"





En “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, vemos cómo su autor, en 1931, escribía sobre la ingeniería genética pero no fue hasta  1972 cuando comenzó  la manipulación genética en un laboratorio de biología molecular; en 1951 Stanley Kubrick escribió  2001 una odisea del espacio” donde predijo el uso de los satélites de comunicación, y sin embargo  hasta el 1965 no se lanzó el primero de ellos; C.Clarke en “Una catarata de polvo lunar” predijo el turismo espacial, hasta 39 años más tarde no ocurrió que  Dennos Tito protagonizara el primer viaje turístico espacial de la historia…, Deon Meyer, Morgan Robertson, Julio Verne…

Pareciera  que en todos estos casos lo que escribieron surgió, no de la imaginación, sino de lo más profundo de sus mentes, pudiéndose decir que hay quien premoniza, atiende, deduce… o cosa similar.

Con el pasado, con el presente,  es entendible. La memoria  ancestral, sensorial… permanece en nuestra  mente de generación en generación y escribimos  en base a ella, en base a lo que nos rodea, vivimos, conocemos…

Se diría por  tanto que en uno como en otro caso,  escribimos sobre lo que de alguna manera sabemos, lo que nos diferencia es  la forma de contarlo.




Este vídeo que os traigo enmarca una historia sencilla y cercana, una historia que quizás, en algún lugar del mundo, en estos días,  ha sucedido. Una historia contada con cariño, respeto y originalidad. Un vídeo dedicado "En memoria de los mayores olvidados" y al que yo  me suscribo y hago eco. 



Vídeo: Alfonso Rodríguez Naranjo y María Díaz Megías

Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.


Mascarillas sí o sí







Lo primero es pediros disculpas si no me prolijo por vuestros blogs, estoy en medio de un torbellino de enredos electrónicos. Mi ordenador  ha dado las últimas y tengo que apañarme entre tablets mal configuradas, notebooks antiguos y demás artilugios de estas especies que andan por casa . Así la tarea es ardua incluso desesperante. Pero hay que  poder salir y trastear tiendas de informática para poner los cachivaches al día y de momento no se puede.





Pero lo que hoy quiero deciros, más que decir rogar,  es que por favor uséis las  mascarillas desde que salgáis de casa.
Ya sé  que Sanidad no ha recomendado su uso hasta ahora, que no es obligatorio más que en transportes públicos..., pero pensad por vosotros mismos:


Está comprobado que cada vez que hablamos desperdigamos gotitas,  si tenemos el virus, estos irán también en forma de gotitas. Estas  gotitas,  quedan en suspensión no se sabe por cuánto tiempo y pueden ser inhaladas por quien allí se encuentre. Teniendo en cuenta que una parte importante de la población es asintomática,  es de cajón que todos debemos utilizar la mascarilla por si estamos contagiados y no lo sabemos,  así no expandiremos el virus. 

La mascarilla quirúrgica es la que valdría para este caso, su precio 0,95€ en la farmacia. Un gasto asumible.

Ahora bien, en caso de que nosotros no tengamos el virus, cosa que sin test no lo sabemos, insisto, como vamos por la calle y nos cruzamos con gente que hace deporte, que corre, que va en bici y no la utilizan, incluso gente que va andando como si aquí no hubiera pasado nada; entonces, para no contagiarnos en el caso de que haya rastro de virus en suspensión por estas personas, debemos utilizar la mascarilla FFP2 para no contagiarnos. Esta ya es más cara, entre 6 y 7 € . pero  garantiza al 92% , ésta evita que contagiemos y también que nos contagien, en una fiabilidad muy alta.

Es decir, utiliza la que quieras pero por favor utiliza mascarilla desde que sales de tu puerta, antes de coger el ascensor, antes de entrar a un comercio, antes de dar los buenos días a alguien…

Recordad que a pesar de usar mascarilla hay que respetar el distanciamiento, metro y medio mínimo, esto es gratis, no entiendo por qué cuesta tanto respetarlo.

Necesitamos salir de esta pesadilla y para ello no sólo tienen que ser responsables las autoridades sino también cada uno de nosotros.

Los desatinos que estamos viendo: chicos jugando al fútbol,  corrillos de gente hablando en la calle, botellones, gente apilada en terrazas de bares…  están siendo responsables del repunte en contagios.

Nos jugamos la vida, la nuestra y la de los demás. 



Mascarilla y distanciamiento social.


En nuestras manos está.







©Manuela Fernández Cacao.

Open




Abrí una pequeña tienda de ropa. Tenía mucha ilusión en ella porque todo en la vida me había salido mal y esta parecía ser la última oportunidad  para  emprender algo exitoso, quizás el último tren para mi vapuleado orgullo.

La cuestión es que a pesar del mimo con que  planteé la nueva empresa: estudio de proveedores, decoración del local, competidores…,  a pesar de todo, el día de la  apertura no entraba ningún cliente, la gente pasaba de largo sin mirar  el escaparate.  Pensé que podía ser  la hora, por la mañana  todo el mundo va con prisas. Tuve paciencia y esperé todo el día,  pero nadie entró.

Al día siguiente estaba en las mismas, horas esperando ansiosamente a que alguien se acercara, pero sin ningún resultado. Decidí cambiar el escaparate, pero aún así,  tampoco  se detenía nadie, aquellos que pasaban por delante, y eran muchos, no les llamaba la atención mi tienda: un local nuevo, recién abierto, con colores vivos, maniquíes a la última moda…, todo en vano.

Llegó el tercer día y no entraba cliente alguno. ¿Dónde estaba mi error?
Había dedicado hasta el último céntimo que tenía en abrir este negocio. Yo solo quería  decir por una vez en la vida: “Esto me ha ido bien, lo he conseguido, soy una persona de éxito”.   Pero el resultado, una vez más, era otro.

Ya el cuarto día sin nada nuevo me derrumbé.  «Esta tienda, lejos de ser un éxito resulta ser la mayor decepción de mi vida. La mala fortuna me ha perseguido una y otra vez en todo lo que me he empeñado, por mucha dedicación siempre la suerte ha ido contra mí. Hubiese dado lo que fuera porque esto hubiera salido bien,  que al menos en esta última etapa de mi vida alguien me hubiese respetado por un logro.»  

Tapándome los ojos con las manos me eché a llorar.  Cuando pude reponerme levanté la cabeza  y vi que una mujer había entrado al local.  El corazón me dio un vuelco. Yo  me encontraba junto al escaparate, en la esquina opuesta a ella, la veía de espaldas.  Con mucha ilusión, le pregunté:

—Buenas,  ¿puedo ayudarle?

Cuando se dio la vuelta me quedé sin respiración. Esa mujer era idéntica a mí misma, mis ojos,  mi semblante. Me sentí aterrorizada. La figura no se movía, simplemente me miraba, yo no podía reaccionar, cuando a los pocos segundos vi que la puerta  se abría tras ella. Dos mujeres sonrientes entraban y comenzaban a toquetear los artículos de  distintos estantes.  Después de ellas entró otra mujer, y luego una chica y así hasta que la tienda se llenó. Pensé que mi visión había sido producto de mi mente, la desesperación puede crear fantasmas.

El caso es que a la mañana siguiente ya era mediodía y nadie entraba. Sin darme cuenta de cómo ni por qué, en un momento dado  allí estaba de nuevo la visión de mi propia estampa.  Me miraba en silencio. Al momento los clientes volvían a llenar la tienda.  Así todos los días uno tras otro, tanto que para mí ya era familiar la aparición y dejé de preguntarme qué significaba aquello, lo principal es que mi tienda era un éxito, el éxito con el que yo había soñado toda la vida y nada me lo iba a ensombrecer.

Así  pasé muchos años hasta que un día creí merecer dejar de trabajar. Decidí hacer  un traspaso, no sería difícil dado el nivel de ventas que  tenía, y efectivamente así fue,  traspasé el negocio a una chica joven que empezaba con ilusión y con quien desde un principio tuve mucha empatía.  El triunfo estaba asegurado —le dije—, pero celosamente callé el  secreto que guardaba

Llegó el día de la nueva apertura, estaba en  mi casa y no dejaba de preguntarme cómo le iría a mi compradora. Mi curiosidad era grande, así que decidí ir a ver qué suerte tenía en las ventas.  Fui a un bar frente a la tienda y me senté a tomar un café, desde allí podía ver cuánta gente entraba.

Pasaban las horas y no entraba nadie. Pasó la mañana, la tarde, la  mañana del día siguiente, la tarde y así hasta tres días.  Al cuarto yo seguía acudiendo al bar y daba fe que a la tienda no entraba ningún cliente. El remordimiento, por hasta cierto punto haber engañado a la chica, siendo consciente del secreto, no me dejaba vivir.  Tenía que poner remedio ya, mi conciencia  me lo demandaba.

Salí del bar y me dirigí a cruzar la calle. A mitad de camino sentí un fuerte y seco golpe. Desde ese instante no puedo exactamente  describir cómo me siento, algo así como volátil, como vacía, la cuestión es que mi decisión de ir a la tienda era tan cierta que incluso en ese estado sabía que tenía que llegar hasta allí, y no sé cómo, de repente, me encontré dentro del local.

La nueva dueña, de espaldas, miraba a través del escaparate  lo que en ese momento ocurría en la calle, hasta que al sentir que alguien estaba en el local -yo misma- se giró.  Fue verme y ponerse blanca, no dejaba de mirarme a mí y a la carretera. Y no sé  por qué no sentí la necesidad de hablar, sólo la miraba. Hasta que  un cliente entró y  preguntó por una prenda, a este le siguió una señora interesada por las  faldas y a estos más clientes. 


Al día siguiente, sin yo querer ni lo contrario, volví a entrar a la tienda a la misma hora. Fui y guardé silencio y empezaron a entrar clientes al establecimiento, y al otro día también fui y ocurrió lo mismo, y al otro, y al otro, y al otro…




Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

A compás




                   «Cuando  despertó,  el coronavirus todavía estaba  allí»






Porque es tiempo de sumar fuerzas, no de dividir:


Texto alusivo a Augusto Monterroso
“Romeo y Julieta”.  Prokófiev 
Orquesta Nacional de París dirigida por Philippe Jordan
Ballet  Nacional de la Ópera de  París
Video  realizado por Cédric Klapisch