Cuenta la
leyenda que una noche de escarcha y silencio un ángel deambulaba por la ciudad.
Con las alas extendidas buscaba.
A través de una
ventana semiabierta vio a una niña sobre su cama. Apenas una leve luz en la
habitación alumbraba su joven rostro y sus labios relajados. Entró y la tomó en brazos.
La niña abrió
los ojos y le preguntó quién era. El ángel callaba. Le preguntó a dónde iban. Callaba.
Atravesaron la
ciudad hasta llegar al cementerio. Allí había una fosa abierta bajo un pedestal
vacío.
Entonces habló:
—Aquí vivo y a
partir de hoy viviremos los dos.
La niña asintió
y se acurrucó entre los brazos de aquel ángel.
Al día siguiente
apareció un cortejo. A hombros llevaban un ataúd blanco y pequeño.
Mientras le
daban sepultura, un padre agradecía al escultor:
—Parece tan real…
—He hecho lo que
he podido, señor. Después de tantos días, el rostro de su hija apenas
conservaba su candor.
©Manuela_ferca
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