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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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Maquetando libro



Como habéis visto, llevo unos días alejada del blog, bueno, del blog y de muchas más cosas, el motivo ha sido que he estado maquetando mi libro. Y vosotros os preguntaréis ¿y qué libro es ese? Os explico.


Llevo trece años  publicando en este blog y en otras webs; muchos de mis relatos han sido seleccionados para ser publicados en antologías compilatorias tanto en papel como digital, y otros, incluso, han ganado muestras literarias; era lógico que llegase el día en el que publicase mi propio libro. Esa decisión ha llegado en este momento precisamente porque es cuando me encuentro en un paréntesis con más tiempo libre por el tema de la pandemia.


Desde el día en el que tomé la decisión hasta hoy, he pasado muchas horas en el ordenador, primero enterándome de cómo iba todo. Me empapé de información. Después decidí cómo iba a publicarlo. Lo publicaría de forma independiente y lo subiría a Amazon, tanto en e-bok como en papel. Y por último investigué cómo se llevaba a cabo, tanto  papeleos legales como a la hora de maquetarlo y darle forma.


El problema con el que me he encontrado es que no hay ningún sitio donde te informen de manera completa y correcta. Tenía la opción de que una empresa o alguien especializado lo hiciera, pero yo, ni me quería gasta dinero (soy sincera) ni quería dejarlo en manos de nadie que luego no hacen las cosas como yo quiero. Total, hice de la máxima "Lo que puede hacer una persona lo puede hacer otra", mi bandera y me dispuse a hacerlo.


Para ello me tracé un camino y fui resolviendo todo lo que surgía, paso a paso. Al fin he llegado a la meta.


Ya está en los "almacenes" de la plataforma Amazon a la espera de darle mi visto bueno, no lo haré hasta recibir un libro de prueba que he pedido, me llegará en unos días.


Os iré informando de más detalles pero ya la vida de este blog sigue su curso.




Texto ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

Imangen libre de copyright

Sueño de una realidad

 

 

No sabía que mi vecino de rellano fuese tan atractivo hasta aquel día en que, estando confinados, como homenaje diario salimos a nuestros balcones a aplaudir a las 20h a los sanitarios. Esa tarde nos saludamos por primera vez. Acabamos conversando a través de la celosía a las 10, a las 12, a todas horas, todos los días; incluso tuvimos nuestras citas para ir a comprar (guardando los dos metros de distancia).

La cifra de contagios por Covid-19 no dejaba de subir, era terrible, y estábamos concienciados de que solo podría detenerse si los ciudadanos nos manteníamos unidos, y así hacíamos.

La complicidad nos embriagaba. En pocos días, todos quienes vivíamos en la misma calle formamos una familia. Le cantamos el cumpleaños a la anciana del quinto, vitoreamos al barrendero, tiramos confeti a quien diariamente, desde su ventana, inventaba juegos para animarnos. Nunca antes habíamos visto cosa igual.

Hacíamos eco de una demanda que inundaba los medios: la necesidad de una vida diferente a partir de este punto de inflexión. Era el momento de crear una sociedad más justa, más solidaria, con otras prioridades; y nosotros dos hacíamos planes para compartir juntos ese nuevo orden social que ya se empezaba a respirar.

Por fin la curva de contagio fue venciéndose y el confinamiento se fue suavizando hasta llegar a ese día tan ansiado en el que tuvimos libertad para viajar a otras ciudades, la pandemia estaba controlada.  Los dos nos fuimos, sin despedirnos el uno del otro.

 

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Este breve relato lo escribí sobre el mes de mayo. En los medios se oían a sociólogos, periodistas, ciudadanos, decir que asistíamos a un momento clave de inflexión en la historia de la humanidad. ¡Nada menos que eso!. Yo siempre afirmé que la humanidad seguiría igual que antes. Y no me equivoqué, lamentablemente.

La humanidad nunca aprende de sus errores.




Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados

 

 

Tercero izquierda

 



Salí de la oficina con un compañero que iba a la misma calle que yo, ambos teníamos un contrato que firmar con dos clientes a los que habíamos atendido por teléfono.

─Bueno Montero, mucha mierda.

─Venga, no te enrolles con el cliente, te espero en el bar de ahí enfrente; el que llegue el último paga las cañas.

Así nos despedimos.

Me giré, di unos pasos y pulsé en el portero automático el piso que llevaba anotado. Dije mi nombre y alguien abrió. Hasta ahí todo normal, pero lo que os voy a contar de aquí en adelante, es un hecho extraordinario, prestad atención.

 

Subí a la tercera planta. Bajo un letrero donde podía leerse “Izquierda”, una mujer joven me esperaba con la puerta abierta. Se presentó, era mi clienta, nos saludamos y me dio paso al salón. 

La casa estaba cuidada, los muebles eran de estilo práctico con un leve toque de personalidad. Una vez sentadas comenzamos a hablar. Al poco, entró a la habitación una niña de no más de cinco años.  Su cara era redonda, como su pelo, todo rizado y moreno a rabiar, no recuerdo más de su físico.

Se puso junto a su madre, de pie. Yo, comercial que soy, con una sonrisa y casi afecto maternal la saludé: «Hola guapa». Pero ella no respondió, simplemente me observaba.

Seguí conversando con la madre mientras la niña permanecía de pie, con su mirada fija en mí, sin moverse, sin gesticular. Yo de vez en cuando le dirigía una sonrisa, pero ella seguía hierática; su actitud no me parecía la típica de esa edad.

Fueron pasando los minutos, minutos que a mí cada vez se me hacían más largos y es que, la presencia de esa niña me perturbaba, pareciera que su imagen hubiese entrado en mi pensamiento para quedarse por siempre.  Era extraño, no podía centrarme en la conversación, yo sentía que esa pequeña me absorbía, con su mirada, con su figura entera; pretendía algo de mí, podía palparlo, podía percibir una energía que surgía de ella, energía con la que me envolvía.  Yo me resistía. Sin poder salir de mi asombro me preguntaba qué era lo que estaba pasando. 

─Tengo dudas ─me dijo mi clienta─ voy un momento a la cocina, ¿quieres algo? 

─No, no, gracias.

 

Nos quedamos solas la niña y yo.  Como vendedora me beneficiaba simpatizar con ella pese a todo, es de primero de marketing, así que comencé a hablar, como pude, con mucho reparo porque la criatura no daba tregua con su actitud desafiante y misteriosa.  

 ─ ¿Cómo te llamas? ─le dije con una sonrisa, incluso exagerada, que escondía mi temor.

La niña, en silencio, me lanzaba una mirada que hacía trizas la mía.  No parpadeaba, no movía las manos, los pies, nada, ninguno de sus miembros; se limitaba a arrojarme dos exhalaciones desde ambos ojos que traspasaban los míos, se dirigían a mi cerebro, a mi médula, a mis venas, se esparcían por mi corazón, mis pulmones, todo se encharcaba de ese poder. De nada servía que yo bajase la vista, que mirase hacia otro lado; la fuerza de ella era suficiente para atravesar mis párpados entreabiertos para protegerme. Y sin yo tener dominio para continuar hablando, me dice ella de forma susurrante y arrastrando cada palabra:

─No me gustas.

Esa voz cavernosa, profunda, no podía haber salido de ese cuerpo. Estoy segura que palidecí, tuve miedo, y ella lo supo y en su cara se vio por primera vez una leve expresión, una expresión perversa de estar consiguiendo aquello que pretendiera, fuese lo que fuese.


Vino la madre y se sentó,

─ Lo que decíamos —comenzó a hablar

Yo intentaba atenderla, pero era difícil porque sentía a la niña emitiendo ese poder que a modo de sables se dirigían a mis retinas, las perforaban y me quemaba por dentro.

La madre, en un momento dado, reprendió a la hija:

─Sabes que no me gusta que mires así.

Yo falsamente sonreí, o sería más pertinente decir que formé una mueca en mi cara para fingir amabilidad, pero lo que había escuchado indicaba que la madre era consciente del poder de la niña, por tanto, lo que yo sentía no era fruto de mi imaginación, era real, algo pasaba y no era bueno para mí.

 

Seguíamos hablando del contrato, podría decirse que ella hablaba y yo escuchaba; a mí ya me daba igual, tenía un calor insoportable, me quité el pañuelo que llevaba al cuello y me desabroché los primeros dos botones de la camisa, sentía que ardía.

La niña volvió a repetir de forma muy baja pero que llegó de manera clara a mis oídos:

─No me gustas.

Sus palabras aun yendo por debajo de las de la madre, me retumbaban dentro de mi cabeza, hacían eco en mis huesos craneales y se quedaban impresas en ellos. A la madre la oía muy de lejos, casi tenia que entenderla por el movimiento de los labios.

Ya no podía pensar, no podía centrarme, estaba deseando irme, afortunadamente mi clienta dijo:

─Tengo que consultarlo con mi marido.

Yo no insistí ni por asomo, le dejé todos los documentos, en otro momento no me hubiese levantado hasta que no me firmara, pero aquel día, me levanté y dije: «Claro, claro, me llama por teléfono cuando quiera». Y yo misma cerré la puerta de la casa tras de mí, sin querer mirar lo que dejaba.

Salí del ascensor como una escopeta, del portal, por fin estaba en la calle.  Respiré y atravesé para reunirme con mi compañero que ya estaba en el bar.

─Pagas tú ─me dijo

─Yo te pago lo que quieras, pero no vuelvo a esa casa.


Le expliqué que había una niña con unos ojos negros que te miraba y te atravesaba el cuerpo hasta llegar al alma. Que su voz era pausada, misteriosa e infernal. Que de alguna manera la madre era consciente.

Él se reía, me llamaba cuentista, pero yo seguía impresionada. Nos tomamos las cervezas y cuando salimos del bar me dijo:

─No te he dicho nada, pero te has manchado la camisa de rojo.

─ ¿Dónde?

─Ahí, en el cuello.

Abrí la parte superior de mi camisa, como de costumbre llevaba puesta mi medalla de cuando hice la primera comunión, la típica con la imagen de la Virgen. El cordón de oro aparecía, en toda su longitud, incrustado en mi piel y la sangre saltaba en su entorno.  En mi pecho, al final del cordón, la imagen de la Virgen había quedado tatuada.  

La cara de mi compañero no tengo forma de describirla. Sin pretenderlo coincidimos los dos en dirigir la vista hacia aquel portal donde, en el tercer piso, vivía una niña que jamás olvidaré.

 

 


Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.


Pavor


 

Llega Halloween.  El próximo sábado, es “Víspera de Todos los Santos”. También se le llama  “Noche de brujas”. Es una fiesta muy poco graciosa, pero teniendo en cuenta lo que “tenemos encima” vamos a tomárnoslo de forma jocosa y vamos a ver la vida desde el plano: “Cualquier pretexto es bueno para celebrar algo”, de forma virtual, eso sí, no presencial.

Por tanto, “Dama de agua” se suma a la “fiesta”, y la noche del 31, noche siniestra donde las haya, subiré un relato basado en un hecho real, una historia misteriosa… un momento, ¿he dicho real? Bueno, ya sabéis, en este blog nunca se sabe qué es verdad y qué es ficticio.

Mientras tanto, os dejo una microhistoria para ir entrando en cuestión, ¿Truco o Trato?

 

 

 




Pavor

 

Nunca temí los cementerios hasta ahora; los muertos salen a media noche envueltos en harapos ensangrentados. A mí, al menos, me enterraron con un luciente vestido blanco.

 




Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.