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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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Prisma




Una pareja caminaba alegremente por la ciudad, venían de comprar en un supermercado lo que esa noche serviría de cotillón. Era noche vieja y había que celebrar la entrada de Año Nuevo. Unas langostas de primero, ensalada de gulas, fruta tropicales, y dulces. Las uvas y el cava ya estaban preparados en un lugar fresco.
Antes de subir al coche un hombre se les cruzó en la calle. Claramente era un sintecho. No les pidió nada, ni siquiera les miró a la cara.
Cuando ya estaban en plena celebración,  mientras la mujer bailaba y hacía de anfitriona, el marido cogió varias copas, una botella de cava y se fue a donde había visto al mendigo.

—¡Brindemos, espero que tengas un feliz Año!




—Un hombre de vida acomodada deja una fiesta para darse un baño de realidad. Por un momento es capaz de despojarse de todo lo que tiene: su patrimonio, su estatus social, y de tú a tú se toma una copa de cava deseando de todo corazón que le vaya bien a esa persona que tiene enfrente, alguien que por un momento siente que comparte algo en la vida, que por un segundo no recuerda que no tiene cuatro paredes para guarecerse del frio.

—Un hombre de vida acomodada deja una fiesta para brindar con cava con un mendigo. En su altanería cree aplacar su conciencia con este gesto, brindando con una persona que no tiene para comer pan. Él pone la copa, el cava y la sonrisa, el mendigo lo acepta no tiene nada que poner ni lo tendrá y  más que sonrisa mantiene una mueca que deja ver su pobreza más extrema dental y unos ojos incrédulos de no saber qué está pasando. Un hombre que volverá a casa y dormirá entre sábanas de seda y contará la gesta de forma entre heroica y risueña, mientras el vagabundo se quedará en esa esquina fría y oscura deseando que  nadie le agreda y no contará nunca lo de esta noche porque no tiene a quien contarlo y con suerte o por  desgracia esa noche soñará con despertarse por la mañana   y tener un café con leche para llevarse a la boca.



Leyenda: La vida es un prisma y cada uno vemos una de sus caras, ¿Cuál?  La que nos toque vivir.






Este texto está inspirado en otro de la blogosfera, no sé si su autor quiere que le mencione, ya se lo he dicho y si es de su agrado aparecerá aquí su enlace. Y lo escribo porque mi comentario y su contracomentario, allá en su blog,  me ha parecido muy interesante de desarrollar.  






Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

SMS






Eran altas horas de la noche cuando la llegada de un mensaje a mi móvil me despertó:”Te he mentido, en lugar de ser el dueño de la empresa soy un simple obrero”. Hubiese perdonado cualquier engaño menos ese, el hecho de seguir perteneciendo a la clase media durante el resto de mi vida me horrorizaba. Inmediatamente fui hacia el chófer del autobús en el que viajaba y le exigí parar.

Según me alejaba una pareja de ancianos me hacían señas desde una de las ventanillas, había  olvidado un paquete. Me daba igual, era mi vestido de novia.





Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.





Lacre extremo





Noté cómo mi mano era guiada por el bolígrafo que sostenía y sin poder hacer nada para impedirlo vi escrita la palabra: “Fin”.
   —¡Eh!  —protesté—. No quiero que acabe así.
Al arrancar violentamente la hoja con mi mano izquierda le di fortuitamente a un estilete que se clavó en mi muñeca. Me di por vencido y con mi propia sangre sellé mi autobiografía.




Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.


Nueva entrada


Hoy os traigo un nuevo enlace a  mi blog de cuentos infantiles: “Cuentos de cacao”

El cuento de hoy está destinado no sólo a los niños, sino también a los mayores porque todos deberíamos leer al menos un cuento infantil al mes, por prescripción facultativa. Un  cuento que sirviera de transporte  hacia aquellos años en los que éramos los menores de la casa, cuando el mundo lo teníamos a nuestros pies, cuando todo era posible, la magia existía y  la  imaginación era nuestro impulso. 

Hoy  el protagonista  es un árbol. La historia desarrolla la fuerza y a la vez necesidad del cariño. Nos invita a pensar sobre lo que es la felicidad y vivir satisfecho con uno mismo.

Os dejo el enlace esperando que os sea grato y que por la noche si no tenéis ningún niño a quien contárselo, simplemente os durmáis recordándolo.



Pinchando el título os lleva al blog:









Ilustración obtenida del banco libre de derechos.

Una juguetería de fábula





Aquella tienda había anunciado la llegada de nuevos juguetes  y allí estábamos decenas de niños agolpados delante de las repisas.
—¡Los encontré!  —grité cuando vi a los soldaditos de plomo, pero su precio era alto y yo no tenía dinero suficiente. De repente se cayó la estantería que los contenía armando un ruido espantoso y  todos salimos corriendo asustados.
Ya en la calle  escuché que me siseaban, lo hacían desde mi bolsillo, metí la mano y saqué un soldadito que me miraba y me decía: —Yo te he encontrado a ti—.





Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.


De por qué las señoras van al baño de dos en dos





Existe la costumbre entre las señoras de ir de dos en dos al aseo. Es un misterio que creo haber desvelado.

El jueves estuve con unos amigos en uno de esos centros comerciales donde hay de todo, restaurantes, ocio, tiendas… Es un edificio enorme de dos plantas. Estaba abarrotado de público. Nos entretuvimos mucho en distintas tiendas, tanto, que cuando nos dimos cuenta era la hora de almorzar, así que decidimos sentarnos en uno de sus restaurantes de comida rápida.
Tomamos algo y cuando ya nos íbamos dije: “Esperadme que voy al baño, tardo un minuto”.  Y como soy mujer atípica, fui sola.

Debo decir que mi sentido de la orientación no es muy bueno, así  y con lo grande que es aquello, lógico que me perdiera. No obstante me sirvió de pista el hecho de que los baños casi siempre están en las esquinas de los locales, así que me fui al fondo del recinto a buscarlos. Pero si gente había en el comercial,  en concreto en esa esquina era horroroso, la aglomeración era increíble. Intenté sortear todo aquello y no pude. Encontré  a un vigilante jurado y le pregunté: 

   —Disculpe, ¿los baños? 
   Y me dice: 
   —Vaya a los que hay al otro lado del comercial.
   —Ah, vale  —le respondí al mismo tiempo que  pensaba:  “Sí, tienes tú el número uno para que yo vuelva a desandar lo andado”.

Así que opté por seguir buscándolos por mi cuenta.

Aquello tenía que ser una especie de fiesta, de hecho había mesas con bebidas y  canapés, así que me fui justamente por detrás de todo aquello para sortear  el gentío. ET VOILÁ,  al fondo de un largo y estrecho pasillo había un letrero que decía: “ASEOS”.

Entré y no había nadie. Mejor. Era grande, con cuatro lavabos a la derecha y a la izquierda un  pequeño pasillo con  dos  puertas, se supone que para dos  inodoros. Dejé mi bolso en uno de los lavabos y  saqué mi cepillo de dientes,  entonces escuché voces que venían de fuera del baño, por donde yo había entrado, no se entendía bien lo que decían pero eran voces como atropelladas. Seguí a lo mío. Cuando las voces empezaron a oírse más claramente agudicé el oído,


   —¿Te  crees que se juega conmigo? ¿Eh?
   —Te he dicho que no llevo nada encima, suéltame.

Se trataba de dos hombres que  peleaban, uno amenazaba al otro.

   —Ayer se acabó el plazo.
   —No me hagas nada, te juro que te lo devolveré.
   —De aquí no te irás sin pagarme, de una forma o de otra yo siempre cobro.
   —Por favor, te pagaré el doble.
   —Debiste pensarlo antes.

Ahora se habían hecho perfectamente entendibles, esos hombres reñían y forcejeaban. Cada vez se oía más fuerte, eso era que se acercaban. Yo empecé a ponerme nerviosa, parecía haber bastante agresividad en todo aquello.

   —Suéltame.
   —Lo quiero ahora o te rajo.

Esa última frase me paralizó el aliento. Sí, no cabía duda alguna, uno de esos hombres iba armado.

Las voces seguían acercándose, no podía quedarme allí, tenía que reaccionar y rápido, pero no podía,  pensar me resultaba imposible, mis pies se habían pegado al suelo, mis  brazos pesaban… me encontraba en colapso total.
Un golpe en la puerta me decía que estaban justo detrás de ella. Debía marcharme, ¿pero hacia dónde?, la única salida era esa. Entonces, casi por inercia, corrí hacia uno de los inodoros, entré rápidamente y eché el cerrojo.

   —Dame un día más y te juro que reuniré el dinero.
   —Sabes que conmigo no se juega.

Mi corazón latía que parecía se iba a salir por mi boca. Estaba claro que allí no estaba segura, de hecho por los gritos se veía que los hombres se adentraban por el pasillo justo hacia donde yo estaba. Me sentía acorralada. Estos no bromeaban, entre empujones y golpes se oía la palabra matar.

De pronto me fijé que la puerta no llegaba al suelo, mis pies podrían verse desde fuera. Inmediatamente me subí a la taza, poniendo un pie a cada lado de ella. Dios mío, esto no podía estar ocurriéndome a mí.
Un golpe seco me indicó que estaban justo allí, a 20 cm de distancia, nos separaba un trozo de madera únicamente.

   —Te juro que te lo doy mañana, guarda ese cuchillo.

De repente se me vino a la cabeza la imagen de mi bolso. Me lo había dejado sobre el lavabo. Lo verían, en cualquier momento lo verían y sabrían que alguien estaba allí dentro. Estaba perdida.

Entonces se escuchó un grito ahogado y el ruido de un cuerpo  caer al suelo.

Y silencio.

Desde donde yo estaba pude ver por debajo de la puerta un brazo y de inmediato un charco de sangre esparciéndose sobre las baldosas blancas.

Mis pulsaciones retumbaban en mi sien. Si hubiese querido gritar no hubiese podido, no podía gesticular, no podía casi ni respirar. Transcurría todo muy despacio y muy deprisa a la vez.

Un portazo me dijo que me había quedado sola, sola con ese hombre que estaba tirado en el suelo. No sabía  si estaba muerto, había mucha sangre, no se movía, no sabía qué hacer, hasta cuándo quedarme allí encerrada, así que sin poder aguantar más me tiré literalmente sobre la puerta, la  abrí, salté sobre el cuerpo que estaba en el suelo y fui derecha a los lavabos. Entonces escuché una voz que decía:

   —“¡¡Corten. Corten!! ¿De dónde ha salido esa mujer?”
Un grupo como de diez personas me miraban desde la puerta de entrada.
   —“¿Pero quién es usted, no ve que estamos grabando? ¿Quién la ha dejado pasar?
Dentro de mi aturdimiento lo vi claro, tanta gente, dos cámaras…
   —“Yo… yo…” —balbuceaba
   —“Habrá que repetir toma ¡¡Y ese guarda jurado que no deje pasar a nadie!!”


Salí corriendo de allí mientras sonaba mi móvil  —“¿Dónde te metes?” —Eran mis amigos —“Ya voy, no me preguntes, sólo te diré que ya sé por qué las señoras no van solas a los baños”.






Texto y Fotografía de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.