¿Sabéis que los libros
guardan historias de quienes los leen? Os cuento…
Hace un tiempo caminaba por mi barrio cuando vi
que alguien debía estar vaciando su vivienda y había dejado junto a un
contenedor un montón de enseres, entre ellos dos libros. Me faltó tiempo para
rescatarlos de las fauces del exterminio.
Al llegar a casa comencé a hojearlos. Nadie se
había detenido a revisarlos y encontré entre sus páginas un recibo de gas que
me permitió identificar a sus antiguos dueños: una pareja que había decidido
unir sus vidas ya siendo muy mayores.
Pero la historia está en el otro libro.
En sus hojas de cortesía alguien había escrito a
mano una especie de confesión. Hablaba de la confianza que había depositado en
la otra persona y de cómo una fotografía se la había arrebatado. Un texto lleno
de tristeza, decepción y desamor, escrito a lápiz, con tachaduras, algunas
palabras ilegibles…
Nunca he contado esta historia y lo hago aquí
porque jamás sabréis de quién hablo.
Durante meses me pregunté qué hacer con el
libro. Por un lado me resultaba emocionante conservarlo, pero al mismo tiempo
me hacía sentir que estaba guardando algo demasiado íntimo que no me
pertenecía. He estado así varios meses hasta que decidí, por falta de espacio
en casa, quedarme solo con los libros especiales —los que me regalan, los
dedicados, los que releo…—Entonces supe que este también debía quedarse. Porque
este libro no es solo una novela de Almudena Grandes, es también testigo y
sustento de otra historia muy real.
Compramos, rescatamos libros de segunda mano
buscando la historia que escribió un autor, pero sin saberlo nos llevamos
también un fragmento de la vida de quien lo leyó antes. Un subrayado, una
dedicatoria, una flor seca, un billete de tren… o como es este el caso: el
rastro emocional de una persona.
Soy incapaz de abandonar un libro a su suerte
porque los libros son seres vivos, son seres que crecen con la huella que deja
cada lector.
Manuela_ferca
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