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Once del once -Javier de Arriba

 



Once del once

Javier de Arriba

Editorial Círculo Rojo


La novela comienza con la llegada de un desconocido a un manicomio. Un celador que sueña con ser escritor, encuentra una fotografía que el anciano lleva consigo. Esta fotografía inspirará al celador a escribir una novela.

Podría decirse que es una historia dentro de otra historia. Ya la primera resulta sugerente: un desconocido, una foto intrigante, un manicomio… la historia promete. En pocas páginas nos introduce de lleno y nos despierta la intriga sobre quién es ese hombre desconocido, indocumentado. Pero, de pronto, un nuevo capítulo nos aparta y todo cambia. Es entonces cuando entramos en la guerra del 1916.

Una guerra que no se presenta desde el honor, la gloria o el patriotismo, sino desde su vertiente más real y cruda. Entramos en una historia de muerte y miedo, donde la esperanza no existe y la vida es solo cuestión de suerte. Aquí la guerra hace perder la fe, las creencias y cualquier noción de futuro.

La narrativa es algo densa, a veces con saltos en el tiempo y abundantes descripciones. No sé si es rasgo propio del autor o es un efecto deliberado para sumergirnos en la densidad del ambiente entre trincheras, poblado por personajes con un interior completamente destruido.

Que nadie se espere una presentación, un nudo y un desenlace. La novela fluye como un rio, con momentos puntuales que detienen al lector en escenas que atrapan y no permiten soltar el libro. Y si lo haces, sigues sintiéndote en una trinchera, con ganas de sumergirte de nuevo en la lectura

El final es confuso, no lo voy a destripar. Pero esa confusión, estoy segura, es buscada por el autor. El relato ha absorbido al narrador, y con él al lector, envolviéndonos en una sensación de desorientación construida con precisión. La historia que comenzó con la incógnita de quién es el hombre que entra en el manicomio, termina por desvanecerse, ya no importa ni siquiera el final.  Lo que realmente importa es el relato.


Es una obra que recomiendo. La leí en dos días, no por corta, sino porque me produjo el efecto de un imán. Digo más: siempre voy anotando sensaciones y en este caso no pude; no podía apartar la vista del libro y mucho menos para ponerme a escribir.


 

 Tenemos la suerte de contar con el autor, hablemos con él…

 

—Toda novela tiene un germen. ¿Dónde surge la tuya?

—Siempre quise escribir sobre la Gran Guerra, desde muy joven, pero no encontraba como darle forma; todo cambió cuando se entrecruzaron dos historias, la del narrador (que tiene su propio relato) y la que nos cuenta al recuperar la memoria del viejo Soldado perdido entre los pliegues de la historia. La idea de la silla de ruedas recorriendo el pasillo del frenopático, apareció ante mi viendo la película Amadeus. A partir de ahí todo fue sobre ruedas, nunca mejor dicho.

—Tu obra invita a la reflexión. Ahora quiero que seas tú quien reflexione: ¿crees que puede existir un mundo sin guerras?

—Es algo improbable. Tal vez dentro de mil años (si superamos nuestra adolescencia tecnológica) seamos capaces de vivir en paz, pero mientras haya tantos psicópatas megalómanos dispuestos a invadir, saquear y expoliar la casa del vecino, lo tenemos bastante crudo.


—Después de escribir una historia sobre la guerra, con escenas crueles y duras ¿cómo puede un escritor abordar escenas románticas o de humor sin que la experiencia anterior contamine la escritura? ¿Cómo dar ese salto?

—Es un salto de fe, o tal vez al vacío. Igual que existe el horror, existe el amor. Somos capaces de cometer atrocidades y perversiones inimaginables, pero también somos capaces de crear maravillas. Esta dualidad es algo único de nuestra especie, como la estupidez o la sabiduría. Así de peculiares somos, así de únicos.


—Qué te inquieta más: ¿que el lector se acostumbre a la crueldad de la guerra o que no llegue a comprenderla?

—Lo que más me preocupa, como a todo escritor, es la indiferencia. Que la historia resulte irrelevante y se convierta en otro cadáver más sin placa de identificación pudriéndose en una trinchera. Esa es la obsesión de Jean Paul


—¿Qué significa para ti ser escritor más allá de escribir historias?

—Vivir, así de sencillo, ya no concibo la vida sin escribir. Tampoco sin leer o sin música. Para mí es algo tan necesario como respirar.


—¿Escribir define quién eres o solo es una parte de ti?

—Totalmente. En todo lo que escribo hay una parte fundamental de mí. Hasta los personajes más diametralmente opuestos a su autor tienen algo de él. Escribir es la forma que tenemos de enfrentarnos al abismo, de mirarnos en ese espejo que te deforma; unas veces de manera graciosa, otras un tanto grotesca, pero que, lo mires como lo mires, siempre eres tú.


—¿Hasta qué punto un escritor vive dentro de sus historias y hasta qué punto las historias viven dentro de él?

—En mi caso creo que yo vivo más dentro de ellas que al contrario. Cuando intento describir algo, lo hago como si estuviera dentro, como si pudiera oler, ver y sentir lo que intento contar. Después, una vez terminado el relato, prefiero ir olvidando y buscar otra historia en la que sumergirme.


—¿Crees que un escritor tiene la obligación de dejar algo más que entretenimiento en sus obras?

—No sé si la obligación; al menos el compromiso de intentar, por todos los medios, que su obra no sea pirotecnia y luces que parpadean. Eso ya está inventado. Entretener no es mi objetivo, si solo consigo eso, al menos es algo.

 


La esencia de esta novela es que la guerra rompe algo que no puede recomponerse, es una grieta que jamás se cierra. Esa misma grieta deja la novela tras su lectura. 

Le doy la enhorabuena a su autor, Javier de Arriba.




©Manuela_ferca



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