Once del once
La novela comienza con la llegada de un desconocido a un
manicomio. Un celador que sueña con ser escritor, encuentra una fotografía que
el anciano lleva consigo. Esta fotografía inspirará al celador a escribir una
novela.
Podría decirse que es una historia dentro de otra historia.
Ya la primera resulta sugerente: un desconocido, una foto intrigante, un
manicomio… la historia promete. En pocas páginas nos introduce de lleno y nos
despierta la intriga sobre quién es ese hombre desconocido, indocumentado. Pero,
de pronto, un nuevo capítulo nos aparta y todo cambia. Es entonces cuando
entramos en la guerra del 1916.
Una guerra que no se presenta desde el honor, la gloria o el
patriotismo, sino desde su vertiente más real y cruda. Entramos en una historia
de muerte y miedo, donde la esperanza no existe y la vida es solo cuestión de
suerte. Aquí la guerra hace perder la fe, las creencias y cualquier noción de
futuro.
La narrativa es algo densa, a veces con saltos en el tiempo y abundantes descripciones. No sé si es rasgo propio del autor o es un efecto deliberado para sumergirnos en la densidad del ambiente entre trincheras, poblado por personajes con un interior completamente destruido.
Que nadie se espere una presentación, un nudo y un desenlace.
La novela fluye como un rio, con momentos puntuales que detienen al lector en
escenas que atrapan y no permiten soltar el libro. Y si lo haces, sigues
sintiéndote en una trinchera, con ganas de sumergirte de nuevo en la lectura
El final es confuso, no lo voy a destripar. Pero esa confusión, estoy segura, es buscada por el autor. El relato ha absorbido al narrador, y con él al lector, envolviéndonos en una sensación de desorientación construida con precisión. La historia que comenzó con la incógnita de quién es el hombre que entra en el manicomio, termina por desvanecerse, ya no importa ni siquiera el final. Lo que realmente importa es el relato.
Es una obra que recomiendo. La leí en dos días, no por corta, sino porque me produjo el efecto de un imán. Digo más: siempre voy anotando sensaciones y en este caso no pude; no podía apartar la vista del libro y mucho menos para ponerme a escribir.
—Toda novela tiene un germen. ¿Dónde surge la tuya?
—Tu obra invita a la reflexión. Ahora quiero que seas tú
quien reflexione: ¿crees que puede existir un mundo sin guerras?
—Es algo improbable. Tal vez dentro de mil años (si
superamos nuestra adolescencia tecnológica) seamos capaces de vivir en paz,
pero mientras haya tantos psicópatas megalómanos dispuestos a invadir, saquear
y expoliar la casa del vecino, lo tenemos bastante crudo.
—Después de escribir una historia sobre la guerra, con
escenas crueles y duras ¿cómo puede un escritor abordar escenas románticas o de
humor sin que la experiencia anterior contamine la escritura? ¿Cómo dar ese
salto?
—Es un salto de fe, o tal vez al vacío. Igual que
existe el horror, existe el amor. Somos capaces de cometer atrocidades y
perversiones inimaginables, pero también somos capaces de crear maravillas.
Esta dualidad es algo único de nuestra especie, como la estupidez o la
sabiduría. Así de peculiares somos, así de únicos.
—Qué te inquieta más: ¿que el lector se acostumbre a la
crueldad de la guerra o que no llegue a comprenderla?
—Lo que más me preocupa, como a todo escritor, es la
indiferencia. Que la historia resulte irrelevante y se convierta en otro
cadáver más sin placa de identificación pudriéndose en una trinchera. Esa es la
obsesión de Jean Paul…
—¿Qué significa para ti ser escritor más allá de escribir historias?
—Vivir, así de sencillo, ya no concibo la vida sin
escribir. Tampoco sin leer o sin música. Para mí es algo tan necesario como
respirar.
—¿Escribir define quién eres o solo es una parte de ti?
—Totalmente. En todo lo que escribo hay una parte
fundamental de mí. Hasta los personajes más diametralmente opuestos a su autor
tienen algo de él. Escribir es la forma que tenemos de enfrentarnos al abismo,
de mirarnos en ese espejo que te deforma; unas veces de manera graciosa, otras
un tanto grotesca, pero que, lo mires como lo mires, siempre eres tú.
—¿Hasta qué punto un escritor vive dentro de sus historias y
hasta qué punto las historias viven dentro de él?
—En mi caso creo que yo vivo más dentro de ellas que
al contrario. Cuando intento describir algo, lo hago como si estuviera dentro,
como si pudiera oler, ver y sentir lo que intento contar. Después, una vez
terminado el relato, prefiero ir olvidando y buscar otra historia en la que
sumergirme.
—¿Crees que un escritor tiene la obligación de dejar algo
más que entretenimiento en sus obras?
—No sé si la obligación; al menos el compromiso de
intentar, por todos los medios, que su obra no sea pirotecnia y luces que
parpadean. Eso ya está inventado. Entretener no es mi objetivo, si solo consigo
eso, al menos es algo.
La esencia de esta novela es que la guerra rompe algo que no puede recomponerse, es una grieta que jamás se cierra. Esa misma grieta deja la novela tras su lectura.
Le doy
la enhorabuena a su autor, Javier de Arriba.
©Manuela_ferca
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