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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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16 de mayo de 2017

Cuento infantil: "Bienquerido, el árbol del cariño"



Érase una vez un árbol que vivía en el jardín de una casa. La casa era grande con tejado rojo y chimenea. Estaba situada entre el pueblo y unos campos donde algunos vecinos  criaban  vacas y caballos y otros cultivaban la tierra. 
Pero volvamos al árbol. Era un árbol normal y su vida  era como la de cualquier otro: le nacían hojas, bebía agua de lluvia y movía sus ramas con el aire.

Un día la casa cambió de dueño, la compró una pareja   padres de dos pequeños, uno que gateaba y su hermana que a penas se mantenía en pie.


La madre de los niños se acostumbró cada tarde a sentarse bajo la sombra de nuestro árbol para jugar con los niños sobre una manta.
Poco a poco Pablo y Maria, que así se llamaban los niños, fueron creciendo y su lugar favorito siguió siendo el mismo, junto al árbol


A los niños les gustaba jugar al discóbolo junto al tronco; apoyar sus espaldas sobre él mientras hacían las tareas del colegio; tapar sus ojos con las ramas para no ver nada cuando jugaban al
escondite y cantar ¡casa! cuando llegaban a él  tocándolo con sus pequeñas manos.
En los días muy secos, cuando apretaba el calor, sacaban de casa un cubo de agua y la echaban en la base del árbol. Cuando una hoja parecía secarse se la quitaban para que siempre luciera espectacular y en navidad colgaban de sus ramas decenas de  bolas de colores y guirnaldas.

Sus ramas no dejaban de alargarse y cada vez se volvían mas fuertes, tanto que el padre hizo una casa de madera allí arriba para que los niños jugasen en su “lugar secreto” como la llamaron ellos.
El árbol era feliz viendo a los niños corretear a su alrededor, se sentía amado y  sentía que su vida tenía una utilidad.


Pero un día por la ventana del salón, nuestro árbol observó que los padres tenían una conversación con sus hijos, estos salieron fuera de la casa y  se echaron a llorar abrazados a él.
Los padres habían decidido que los niños tenían que seguir sus estudios fuera del pueblo, tenían que estudiar en la ciudad para que llegasen a “ser alguien” fueron las palabras textuales que utilizaron.

Antes de irse grabaron sus nombres en el tronco: Pablo y Maria, para que de alguna manera algo de ellos permaneciera allí.




Cuando llegó el invierno la casa se había quedado vacía y nuestro árbol, por primera vez en su larga vida,  se sentía solo.
Ya no escuchaba el griterío de los niños dando vueltas a su alrededor,  ni sentía las manos que le acariciaban, ni la pelota que chocaba contra su tronco para jugar como si él fuera un niño más.

Mientras, en la ciudad, los niños dejaban de serlo. Echaban de menos el sol brillante, el olor del campo en la mañana y cómo no al árbol, aquel al que tanto habían mimado.


Las ramas no tenían fuerzas para mantenerse erguidas y las hojas iban perdiendo su color verde para volverse oscuras. Pero ya le daba igual, había perdido la ilusión por vivir.





Pasaron los años y Pablo y María crearon sus propias familias, tuvieron sus propios hijos, niños que a la salida del colegio jugaban entre  coches, respirando humo y escuchando el  ruido de los frenos de  autobuses. Si, ellos habían triunfado en sus carreras, tenían de todo lo que se puede tener sin embargo había una nostalgia en sus vidas que no lograban superar.

Una tarde, mientras  veían a sus hijos jugar en la arena, entre columpios de hierro, rememoraron el brillo  de la hierba que rodeaba la casa de su niñez y el sonido del trotar de los caballos a lo lejos. Se lamentaron de que sus hijos no pudieran vivir todo aquello y sobre todo, que no pudieran tener como amigo a aquél árbol que ellos jamás habían olvidado. Sin más dudas esa misma noche se reunieron  las dos familias y tomaron una decisión.

Solo tardaron una semana en recoger los enseres de donde vivían y viajar al pueblo, a la antigua casa, aquel sería su nuevo hogar. Allí se dedicarían al cultivo, venderían las frutas que cultivasen, harían quesos con la leche de las vacas que comprarían  y las dos familias vivirían como una sola.



Cuando llegaron se encontraron al árbol que a penas tenía cuatro ramas y la madera de aquella casa que un día sostuvo en lo más alto como lugar secreto, ahora se encontraba esparcida por todo su entorno.
Él árbol cuando los vio creía que eran personas extrañas pero Pablo y Maria, como cuando eran niños,  corrieron a su tronco y se abrazaron a él. Nuestro árbol reconoció al instante el latir de aquellos corazones. Por un momento creyó que era un sueño pero  no, no soñaba, era una realidad. “Arreglaremos la casa de madera, la haremos mas grande porque ahora no somos dos, ahora son cuatro los niños que subirán a ella” grataban risueños y llenos de ilusión.

Tuvo que poner mucho de su parte, quería volver a ser capaz de sostener a los niños cuando se subieran a él y fue poco a poco, día a día que sus raíces fueron cogiendo de nuevo fuerza y sus ramas viveza.
Los niños le pusieron un nombre: “Bienquerido” por el cariño que les nacía hacia él.


Le compraron abono y sustrato para ayudarle a fortalecer, pero fue el cariño al que se había acostumbrado antaño que encontraba de nuevo el que le hizo volver a vivir.








Texto y fotografías de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.


11 comentarios:

Lirtea dijo...

Bueno, bueno, ya me tenias mosqueada, pensé que serrarían el arbol, o que la casa se derrumbaría, o que las ramas del árbol arderían en la chimeneas de los niños..en fin..me esperaba lo peor y mira por donde..UN FINAL FELIZ.
Lo has vuelto ha hacer, me has tenido intrigada hasta el final...un final feliz

Genín dijo...

Que cuento tan bonito y conmovedor... :)
Besos y salud

Sonsoles Jimenez dijo...

Me ha emocionado. Es genial,sensible, dulce, emotivo....y cuantas personas deberíamos ser como ellos. Enhorabuena!
ha sido un placer leerlo

Manuela Fernández dijo...

Lirtea, :) :) ya te dije que en tu honor iba a escribir algo "bonito", pero si, vuelvo a mis trece asi que en la próxima entrada esperate cualquier final ;)

Genin, me alegra que te guste. BEsis


Sonsoles ¡¡¡¡¡ Bienvenida a "dama de agua" , esta es tu casa.

TORO SALVAJE dijo...

Es un cuento precioso.
Muy emotivo.
Adoro los árboles y me ha encantado.

Besos.

Manuela Fernández dijo...

Toro salvaje, me alegro mucho que te guste. BEsis ¡¡¡¡¡¡

Jone Miren Asteinza dijo...

Lo acabo de leer. Un cuento precioso y conmovedor. ¡Felicidades!

Fina Tizón dijo...

Dicen que el amor mueve montañas, y este cuento que no dejas engrandece el dicho.
Emotivo relato el tuyo

Un abrazo, Manuela

Fina

Manuela Fernández dijo...

Jone me alegra mucho que te guste. Bienvenida a "dama de agua"

Fina, el día que no haya amor en nadie, ese día será el final del mundo. Besis.

Marina Fligueira dijo...

Manuela, veo que amas la naturaleza igual que yo.
Nos dejas un bellísimo relato, tierno que da gusto leerlo; el árbol es como una persona, o mejor dicho las personas somos árboles, somos igual que un bosque de naturaleza y debemos cuidar lo que nos rodea y nos da fuerza, los árboles nos regalan oxigeno, las plantas nos dan frutos y nos alimentan, la mayor parte de la humanidad la maltrata y desprecia, llega el verano y mi alma tiembla. Cuidemos los árboles y toda clase de naturaleza sin ella mal viviríamos. Ha sido un placer leerte.

Un abrazo, mi gratitud e inmensa estima.
Se muy -muy feliz.

Manuela Fernández dijo...

Marina, totalmente de acuerdo con lo que dices y si, amo la naturaleza porque nosotros somos parte de ella.
Espero verte más por aqui. Un saludo muy grande.