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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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16 de marzo de 2017

En búsqueda del paraíso

Estaba harto de la  vida que llevaba,  25 años trabajando en una empresa de autobuses. Si, había alcanzado el puesto de director general, tenía un buen sueldo y   pasaba las horas  dentro de un despacho sin hacer nada pero detestaba cumplir un horario,de modo que cuando heredé la fortuna de mi pariente lejano tuve claro que quería abandonarlo todo y vivir  de anacoreta  en una isla desierta.
Y así hice, me compré una isla en el lugar más recóndito del océano Pacífico, una isla que no aparecía en los mapas.  Allí estaría yo solo disfrutando de la naturaleza y hablando conmigo mismo el resto de mis días.

Me trasladé allí

Todo era maravilloso, eso sí,  a la semana de vivir en la isla me di cuenta que  había  un pequeño detalle que  no había contado con él y es que echaba de menos mi cuarto de baño, eso de estar todo el día con el agua salada en el cuerpo me hacía mal a la piel y no digamos de las incomodidades para realizar las funciones  biológicas, así que   mandé construir una casa. La obra duraría 6 meses porque el traslado de los trabajadores diariamente a mi isla ralentizaba mucho su ejecución, recordemos que no había comunicación alguna establecida, así que tomé una buena decisión y fue  que construyeran también unos bungalows para ellos y por supuesto para sus familias (por aquello de la reconciliación familiar, no quería  tener problemas con los sindicatos).

Entre tanto  y sin perder de vista mi  objetivo de aislamiento quise tener un detalle, nada, sin importancia, y pedí que en la casa me pusieran wifi  para ver películas, estaba ya  un poco aburrido de tantos atardeceres, eran todos iguales.
A todo esto, para evitar que  los hijos de esos trabajadores estuvieran correteando por toda la isla y con ello interrumpieran  mi meditación, bueno, la verdad es que nunca tuve paciencia para los niños, el caso es que  era imprescindible que fuesen a un colegio y estuvieran allí “recogidos”, en consecuencia determiné  construir escuelas de primer grado y superior y por supuesto una universidad, para que no molestaran hasta ya bien mayorcitos.

Otro asunto fue mi cintura, si,   al pasar los días me fijé que mi cintura estaba dando de sí, estaba engordando,  y es que digan lo que digan, los cocos engordan. Si mi intención era seguir siendo un  anacoreta sano, y mi intención era esa,  necesitaba hacer algo de deporte, así que contraté un equipo de fútbol para que viniera dos días a la semana a mi isla, si, claro, no iba yo a jugar al fútbol  solo. El problema es que los jugadores  llegaban cansados después de hacer tantos kilómetros desde el continente asi que construí un aeropuerto para agilizar el viaje, es más, construí un hotel para que estuviesen más a gusto hospedados y así en lugar de dos días a la semana entrenásemos tres, con esto también conseguí que  no me diesen tantas patadas en las espinillas  durante el entrenamiento.

Y como ya era de prever, surgió mi aprensividad, esto va conmigo desde pequeño, pensé que lo prudente era construir un hospital por lo que pudiera pasar, había mucho cocodrilo suelto. También llamé al Vaticano para que  mandaran un cura, aquí las enfermedades son muy extrañas y no quería  yo en un momento dado morirme sin que me suministraran los últimos sacramentos.
Para que todo fluyera en el menor tiempo posible hice construir un metro suburbano y así impedía el absentismo laboral, es que los trabajadores son como son y  una y otra vez ponían el pretexto de que los tifones les impedía ir a trabajar, es más, para apresurar las tareas  me acordé de que los trabajadores tienen que estar contentos para que rindan mas de modo que para que no tuvieran el menor atisbo de preocupación   cedí parte de mi isla al Corte Ingles para que se instalara y así no les faltase ningún articulo de primera necesidad incluso yo creo que ni de segunda.

Después de tanto gasto tuve que buscarme un trabajo para vivir. Me hice peón de albañilería,  no tuve la precaución de  construir una red de autobuses.





 Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.

1 comentario:

Genín dijo...

jajajaja Mira que somos tontos... :)
Besos y salud