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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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22 de julio de 2016

Radiografía de un final feliz

Compré el castillo  porque siempre he sido muy romántica y me entusiasman las historias donde triunfa el amor.

De este castillo se contaba una leyenda muy bonita: hacía ya mucho tiempo, una bella mujer se había enamorado de un monstruo, el dueño del castillo, que resultó ser un príncipe, volvió a su cuerpo original cuando fue besado por ella. Se casaron y vivieron felices por los tiempos de los tiempos.

Sin embargo, cuando me fui a vivir a él, por las noches, me despertaba una voz pidiendo sepultura. Algo no cuadraba.

Era la voz de un hombre que entre sollozos hablaba de engaño y traición,  una voz profunda que se lamentaba de su suerte.  No me daba miedo, más bien compasión. 
La primera noche parecía provenir de los confines del castillo,  poco a poco se iba escuchando cada vez más cerca. Se aproximaba  a mi habitación.

Una noche pude sentir su aliento, abrí los ojos y una presencia me transmitió que le siguiera. No lo dudé.

Descubrí puertas secretas que daban a empinadas escaleras que yo ni imaginaba que existieran. Pasillos enjutos apenas iluminados por unas rendijas que no podía adivinar a  dónde darían pero que ofrecían una levísima luz mortecina lo suficiente para poder ver el suelo tosco  que yo pisaba. El ambiente era casi irrespirable. Hasta que mi guía, que en todo momento fue abriéndome paso, se hizo a un lado mostrándome  una puerta  de apenas altura, cerrada con una tranca de madera roída por tanta humedad.
Avancé unos pasos y  empujé la puerta. La traba se deshizo y quedó  a mi vista  una lúgubre sala. Al fondo, en el suelo,  unos harapos cubrían un esqueleto. Unas cadenas  unían los pies con unas abrazaderas al muro de ladrillo visto que componía la habitación,  y junto a lo que un día fueron las manos,  unas palabras escritas con sangre en el suelo:

“La belleza me devolvió mi vida, la belleza me llevó a la muerte”.


Hice lo que me pedía, le enterré en el jardín bajo un bonito almendro, un almendro que jamás me ha dado flores pero sus ramas me protegen del sol en verano y de la lluvia en invierno.








Texto de ©Manuela Fernández Cacao.  Reservados todos los Derechos.






2 comentarios:

Genín dijo...

Bonita historia... pero que mala la tia... :)
Salud

Manuela Fernández dijo...

jajaja, es verdad Genin, qué malisima ¡¡¡