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Textos y fotografías de una realidad donde nada es lo que parece
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11 de marzo de 2016

23

Esperaba en la parada  del 42 cuando apareció otro autobús con el número que más se ha repetido en mi vida: el 23. Un impulso hizo que me subiera a él, tomé asiento y arrancó.

De inmediato advertí que su recorrido pasaba por el barrio en el que me crié.
A  través de la ventana pude ver el colegio al que iba de pequeña, una mujer que se parecía a mi madre llevaba a una  niña de la mano, sentí mucha añoranza, siempre quise mucho a mi madre. También pasé por delante de donde, ya adolescente, compré mi primer cigarrillo, en aquél momento fue toda una aventura.
Entonces advertí que un hombre sentado  a mi lado me miraba y sonreía, yo me asusté y me cambié de asiento como de un respingo,  era idéntico a mi primer novio, murió cuando ya teníamos fecha  para casarnos, nunca he podido olvidarlo.

La siguiente parada   fue a tres metros del  portal donde años más tarde de aquella tragedia conviví con Antonio, el padre de mi único hijo. El autobús paró en el momento en que una pareja salía  del portal cogidos de la mano. El vestido de ella era idéntico a uno que yo me compré por aquella época, lo recuerdo porque me resultó carísimo. Caminaban con dirección hacia donde yo les miraba. El pelo de él era largo como lo lucía Antonio cuando le conocí. Según fueron acercándose los rostros se hacían más nítidos,  las gafas de él, los pendientes de la chica……no era posible, esa pareja éramos nosotros,  pero  no podía ser,  yo no daba crédito, ¿qué estaba ocurriendo? Me dio por golpear el cristal por si  Antonio me veía, pero… él, yo,  con 20 años menos. Qué tontería.

Aún permanecía absorta, incrédula de vivir todo esto  cuando delante de mis ojos pude ver   cómo en un paso de cebra atropellaban a mi hijo, yo lo llevaba de mi mano se  soltó y ese coche no paró. “Pero esto yo ya lo he vivido” pensaba. Esto es una locura, había perdido la cabeza, por esa ventana podía ver toda  mi vida, el sanatorio donde estuve tanto tiempo interna, el banco donde sentados le dije adiós para siempre a Antonio…
De repente creí entenderlo,  cuando uno muere dicen que  la vida pasa delante de uno mismo  como si de una película se tratara. Eso debía de ser: ¡yo estaba muerta!

Me puse histérica: “¡Socorro, paren este autobús, déjenme bajar!” Un zarandeo  me devolvió a la realidad, me había quedado dormida y aún estaba en la parada esperando al 42. Suspiré aliviada, creo que se me saltaron dos lágrimas pero terminé por sonreír y suspiré tranquila.  “Ya llegó su autobús” me dijo el hombre que me había despertado y subí  relajadamente incluso contenta.

Me senté en el único asiento que quedaba libre.
Ä través de las ventanas se podía ver cómo el día  comenzaba a nublarse, densamente, muy densamente. La calle dejó de verse..
En la parte frontal del autobús había un indicador de ruta, en él se podía leer: “Próxima parada: La Eternidad”.



Texto de ©Manuela Fernández Cacao. Todos los Derechos Reservados.



2 comentarios:

Genín dijo...

Jo, que bueno!
Besos y salud

Manuela Fernández dijo...

Besos ¡¡¡¡